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El gran circo
Página/30, febrero de 2000

Si usted es argentino nativo o por opción, y el ir y venir de los acontecimientos está a punto de llevarlo, ligero de equipaje o no, a la península, hay ciertas cosas que debería saber. Un, por ejemplo, es que digan lo que digan sus papeles, usted nunca será italiano. Olvídelo. Según pasen los años, su lenguaje, si se ocupa en ello lo suficiente, se irá depurando, sus gestos se irán aplacando, o expandiendo, según los casos, sus vocales abiertas se irán poco a poco cerrando, pero nunca podrá decir soy italiano sin que el que lo oiga se ría abiertamente (o para sus adentros). Sépalo, allí donde esté ahora: italiano se nace. La migración interna en Italia es tan frecuente que es muy probable que en poco tiempo usted hable mejor italiano que un italiano nacido en, pongamos, Ventotene, que toda su vida habló la lengua de sus padres, el dialecto. A los italianos les gusta jugar a ese rebus cotidiano que consiste en descubrir de qué maldito lugar es la persona que tienen delante. Si usted habla lo suficientemente bien probablemente no descubran enseguida que usted es argentino, pero comenzarán a endilgarle procedencias insólitas, que pueden ir de Bolzano, casi en la frontera con Austria, hasta, (si usted se encuentra en el norte) Sicilia, es decir, África.
Por sobre todas las cosas, aprenda esto: no se enorgullezca de su nacionalidad adquirida. Sepa cuando usarla. Si sus abuelos eran de Gallipoli, de la provincia de Lecce, y usted consiguió un trabajo de mecánico en un taller de Milán, diga que es argentino. Cuando llegue el momento de barrer mierda es casi seguro que mandarán a hacerlo a un napolitano, si hubiera uno, o a un calabrés, si hubiera uno. Y al contrario: si está en el sur y su pasaporte dice que usted es de Milán, cállese. Yo, argentino.
De cualquier forma, hay una corta serie de personajes que debería conocer para no pasar por un imbécil. ¿Qué opinaría de un extranjero a quien usted le hablara de Spinetta y le preguntara de quién le está hablando? ¿Charly García? ¿Graciela Alfano? Son cosas que no pueden explicarse sin dificultades, y uno, en el trato cotidiano, si hay algo que trata de evitar son las dificultades.
Vaya entonces este pequeño diccionario práctico sobre algunos personajes inolvidables que le ayudarán a pasar casi inadvertido en la Italia de sus sueños.

MOANA POZZI: Ni se le ocurra, por ejemplo, hacer un elogio de la Cicciolina. No olvide que, por sobre todas las cosas, la muchacha no es italiana. Y eso marca una diferencia abismal. Además, ¿vió alguna vez un film porno con la Cicciolina? Véalo. Esos movimientos cadenciosos, esa ternura de bella durmiente, esas caderas que oscilan con la periodicidad con que un negro de reloj mueve la cabeza de arriba abajo, provocan somnolencia. Ahora vea un film con Moana. ¿Percibe la diferencia? ¿No es salvaje? ¿No es bella? Y por sobre todas las cosas: ¿ve cuán italiana es ella? Nació en Lerma, en 1961, y murió (se presume) el 14 de septiembre de 1994. En una pared frente al Blue moon, un local romano donde se dan cita obligada todas las pornostars del país, hay un grafitti que dice: Moana è viva. Para que se dé una idea, nadie, ni siquiera los empleados de la municipalidad, a cinco años de su muerte, se atrevió a borrar esas palabras. Moana es una mezcla de transgresión massmediática, desenfreno lúdico y mundanidad rampante. Riccardo Schicchi, el dueño de la agencia “a lucci rosse” Diva futura (sí, Riccardo leyó a D´Auberville) habilitó una hot-line póstuma con la voz de su pornostar predilecta, pero luego presiones externas que velaban por el respeto a los muertos se la prohibieron. Fantastica Moana, Le penetrazioni di Eva e Moana, Scandalosa Moana, son films que, post mortem, se han vuelto de culto incluso entre las más jóvenes generaciones. Viejos caballos de batalla moanescos inéditos en Italia, como un film dirigido por Gerard Damiano, circulan en versiones piratas. La hermanita de Moana, Maria Tamiko, 32 años, nombre artístico Baby Pozzi, después de haber estado escondida en Francia huyendo de un novio que la tenía aterrorizada, empezó a circular por los escenarios romanos. Se compró una casa en el campo y se puso de novia con Antonio Di Ciesco, el que fuera chofer y luego novio de Moana. Baby Pozzi propone un espectáculo con el habitual armamento consoladores. Al igual que su hermana, a veces llama a algún espectador al escenario y le mete la mano debajo del calzoncillo. Pero no hay nada que hacer: sus 50 fans son de verdad muy poca cosa al lado de las multitudes que se empujaban para poder entrar a los espectáculos de la hermana mayor. No basta un leve parecido para hacer revivir un mito.

VASCO ROSSI: Hay algo que nunca debe hacer, y es decir que la música de Vasco Rossi no le gusta. Si lo que usted busca es agradarle a la gente, no es una confesión muy inteligente que digamos. Es algo que puede confesarle a su esposa después de tres años de casados, o a su hermano, o a su padre. Pero a nadie más. Por otro lado, es muy probable que, sin mucho esfuerzo, termine entendiendo que este otro mito italiano tiene su razón de ser. Si tuvo ocasión de oír un CD con algunos de sus temas y no lo convencieron del todo, espere un poco. Véalo en vivo. Es allí donde Vasco hace vibrar, es allí donde consigue que la asistencia levite, como en un espejismo. En cada concierto suyo hay un cartel que en algún momento se despliega y que de alguna forma lo resume todo. El cartel dice: “Praticamente perfetto” Eso es. Así como lo ve, ese señor gordo, con pelada incipiente pero que no obstante se obstina en llevar largo el poco pelo que le queda, que no tiene buena voz, que no sabe moverse, que es inútil hasta para sacarle sonidos a una improbable pandereta, es el hombre que desde hace dos décadas educa a la juventud italiana. Y créanme que es una suerte que en él recaiga una tarea semejante. Ahora escuche atentamente lo que dice. Ese tono sentencioso, programático, casi de manifiesto, que tiene el efecto de una trompada en medio de la cara del que escucha, exalta a las masas. ¿Por qué? Eso es difícil de explicar. Podrían decirse muchas cosas, pero una podría ser porque declara a cuatro vientos que hay que ser libre. Sí, claro, no es muy original, pero no olvide que estamos en Italia, y allí la belleza y la libertad tienen otro valor. No me refiero a la libertad entendida políticamente, a la libertad a la que se llega después de romper cadenas y vivir de rodillas. Mirá el sol, dice Vasco, mirá el cielo, mirá las nubes, pero también mirá por donde vas. Carpe diem. Si el poema a la pantera no hubiese ya sido escrito por Rilke, Vasco lo escribiría. Él es el que en 1990 llenó el estadio de San Siro con 70 mil personas, el mismo día que, a pocos kilómetros de distancia, los Rollings Stones juntaban 40 mil. Y por sobre todas las cosas, haga lo que él dice: viva y deje vivir. Los medios se obstinarán en arrastrarlo en la vorágine persecutoria con que atosigan a los consumidores (de cualquier cosa): a Vasco le gusta la cocaína (como a tanta gente, por otra parte), y es probable cada seis meses lo vea por la pantalla de la televisión entrar (siempre riendo) a una comisaría (y, naturalmente, después de haber firmado los cansabidos autógrafos, salir de ella).


VITTORIO SGARBI: Cualquiera sea la opinión que escuche sobre este sujeto, tenga algo en claro: es el hijo que toda madre italiana hubiera querido tener. Este licenciado (probablemente, incluso doctor) en historia del arte comenzó su carrera meteórica en un programa televisivo, el Maurizio Costanzo Show. Al principio era un invitado como cualquiera, hasta que empezó a hacer gala de sus dotes istriónicas y dió vía libre a una repartija de cachetazos e insultos destinados a quien se atreviera a contradecirlo. A nadie le gusta que lo contradigan, eso es cierto, y menos aun que le hagan objeciones. En ese sentido muchos le atribuyen como una perfección esa naturalidad, esa espontaneidad que tanto escasea en los programas televisivos italianos (a propósito, probablemente haciendo ninguna otra cosa se sentirá tan en casa como fente a una tele: la misma mediocridad, el mismo patetismo). Sgarbi, decíamos. Hagamos una pequeña digresión literaria. En una novela del siciliano Andre Camilleri (El perro de terracota), más precisamente en la página 145, se lee: “En la televisión estaban dando [...] un programa diario en el que un ex crítico de arte, actual diputado y comentarista político, despotricaba contra los magistrados, políticos de izquierda y adversarios, creyéndose un pequeño Saint Just, pese a pertenecer por derecho propio a la tropa de vendedores de alfombras, pedicuros, magos y bailarinas de striptease que cada vez con mayor frecuencia aparecían en la pantalla”. Buen retrato. ¿Y saben por qué Camellieri siente un especial desprecio por ese personaje? Es una larga historia, pero vamos a resumirla. Sicilia. Zona volcánica. Etna. A los pies del Etna un pueblito, Zafferana. Año 1992. El Etna comienza a echar humo. Los habitantes de Zafferana, que conocen a su montaña y saben que el cielo está más poblado de nubes que de dioses, avisan que hay que hacer algo, porque en cualquier momento el Etna despierta, con el consecuente peligro de llevarse todo a su paso. Nadie le da importancia a los requerimientos de la gente, y un buen día el Etna despierta, comienza a eructar lava, y la lava a avanzar sin remordimientos, tragándose todo a su paso, con lentitud prehistórica. La gente abandona sus casas no sin antes escribir con brea en las paredes: “Grazie governo!” Un diputado decide ir hasta allá para ver la situación in situ, sine die y manu militari: Sgarbi. Va, ve, y llama a conferencia de prensa (allí mismo, en Zafferana, en un teatro). Y frente a cientos de reporteros, frente a micrófonos conectados a parlantes que la gente escucha con atención desde la calle, pronuncia una serie de palabras que todavía truenan en la cabeza de los sicilianos. Lo que dijo, palabras más, palabras menos, fue algo así: “No veo por qué hacen tanto lío. La lava avanza y se traga las casas, es cierto. ¡Pero son casas tan feas!”. Sgarbi se salvó por poco de que no lo lincharan. La policía misma, que tenía orden de formar un cordón para que el diputado pudiera entrar al auto que lo llevaría al avión que lo devolvería a casa, se limitó a eso: a formar un cordón tomándose de las manos, dejando libre el espacio para que los pobladores enfurecidos descargaran golpes y escupitajos entre ellos, que daban en esa cabeza de Sgarbi (¡esa cabezota donde se elucubraban ciertas cosas!). Hablar mal de Sgarbi no sólo está permitido, sino que está bien visto. Pero no se atreva a hacerlo delante de una señora que se queja de que su hijo, adicto a la heroína, repitió de año y se quedó sin trabajo; probablemente para ella Sgarbi represente todo lo que Dios no le ha dado: un muchacho elegante, cultísimo, un poco loco, eso sí, ¡pero qué bien qué habla!

ANDREA PAZIENZA: El más grande autor de comics de todos los tiempos. Como ha sido rápidamente mitificado, podría decirse que deja atrás a Pratt, a Crepax y a Manara, sobre todo porque los dos últimos todavía están vivos. Su primer trabajo data de 1978. Diez años después moría. El día que murió quedó señalado como el fin del comic no comercial en Italia. Andrea Pazienzia vivió mucho tiempo en Bologna y Nueva York, aunque había nacido en San Menaio, en la Puglia. Medía 1,86 m. Era culto, brillante, practicaba deporte (ninguno excluido) Como todos los artistas de Géminis con ascendente en Sagitario. Frío y calculador, se dedicó primero a la pintura. Es por él que nació un dicho que dice: “La paciencia tiene un límite, Pazienzia no”.

ALESSANDRO BARICCO: A partir de hoy los italianos hoy pueden decir: “habemus hominen” (tenemos nuestro hombre). Es guapo, viste bien y sabe bailar. Ha nacido un nuevo acontecimiento cultural-erótico, una nueva fenomenología: las “chicas Baricco”. Por toda Italia circula una secta de doncellas que se saben de memoria capítulos enteros de “Seda”, a quienes no se le escapa un sólo párrafo de “Océano mar”, ni una sola de coma de su último y exitoso “City”. La banda de las “baricco-girls” profesa una religión con forma de corazón, fanáticas del escritor turinés. Alessandro Baricco se ha convertido en el escritor más amado por las mujeres. Para ser una baricco-girl no importa la extracción social: se puede ser una chica snob o una obrera, una empleada o una profesora universitaria. No es casual que el atractivo de Baricco, antropológicamente ubicado a la derecha, repose en una imagen que recuerda el identikit del intelectual de izquierda. De hecho el autor de “Seda” sistemáticamente ha hecho oídos sordos a los deseos de la intelectualidad italiana, orientándose más bien hacia un modelo que no tiene nada que ver con el escritor triste, veleidoso, frustrado, que habla difícil, pertenece a un grupo cerrado y asiste a aburridas lecturas de poemas. Todos síntomas de lo que Baricco llama la “anemia de los deseos”. Es como un Príncipe Azul del punto y coma, un Brad Pitt de las letras, un Robin Hood que seduce, seduce y seduce, tres veces. Se teme que estas “baricco-adictas” puedan llegar al suicidio en masa, ebrias ante su presencia tan glamour y melancólica. Lo más incomprensible es que los libros de Baricco están repletos de citas, homenajes, señales, referencias a la literatura, y sin embargo sus libros gustan sobre todo a quienes no perciben ninguno de estos gestos. Es la imagen del mismo Baricco lo que encuentran fascinante. Los italianos tienen desde ahora un escritor “buena presencia” que ha inventado un modo absolutamente propio de capturar a los lectores. O mejor dicho a las lectoras. Allí está el origen del fanatismo de las chicas Baricco, que ven en esa boquita de escritor encantado un modo indirecto de acariciar su afamada fantasía erótica.

ALBA PARIETTI: Se puede decir cualquier cosa de Alba Parietti, cualquier calamidad. De hecho la gente (hombres y mujeres) lo dicen. Pero lo cierto es que de noche, cuando el gajo seco de la luna se inclina en el firmamento y arroja haces de luz argentina sobre esas cabecitas italianas, todos sueñan con ella. Como cualquier mujer bella de nacimiento, pasó por el bisturí. Pero fue cuidadosa, o mejor, discreta. Exageró el encanto sensual de sus labios carnosos (unos labios que son la envidia son la envidia de toda la península. Hoy tiene un programa televisivo, por donde imparte lecciones de sexo. Sí. Alguien llama y, por ejemplo, pregunta: “Come si fa il cunnilingus? eh?”, y Alba responde. Pero la Parietti se niega a asumir un rol tan académico: “Yo no doy cátedra”, dice, “todo lo que intento es desbaratar ciertos mitos y creencias ligadas al sexo, hacerme portavoz de las opiniones y de la curiosidad de la gente”. Y hace un gesto repetido milímetro por milímetro, que consiste en impulsar con la lengua la comisura derecha del labio, desde adentro. Y entonces ya no sólo la Parietti desbarata los mitos y las creencias; durante algunos segundos Italia se detiene: en los bares, en los comedores de las fábricas, en los barcos que surcan el Adriático o el Tirreno, en los barrios de los ricos de Roma y en los monoblocks de Turín y Milán, se hace silencio. Durante algunos segundos Italia aspira, guarda el aire dentro de sí algunos instantes, y luego expira suavemente. Recién después de haberse unido circunstancialmente para suspirar, Italia vuelve a ponerse de acuerdo para hablar mal de Alba Parietti.

DARIO FO: La lengua italiana actual es la continuación del dialecto medieval florentino del siglo XIV, convertido en “lengua literaria” a partir del siglo XVI, por influjo de la obra y el prestigio de los grandes escritores del siglo XIV (Dante, Petrarca, Boccaccio). Durante siglos el italiano fue la lengua en la que escribían las personas cultas, pero no el idioma con que las personas conversaban. Esto, que ocurría en el siglo XVI, en términos lingüísticos podríamos decir que ocurría esta mañana. En un período cronológicamente tan cercano como son los años 1860-70, aún no había en Italia una auténtica masa de italoparlantes, sino apenas un grupo humano que no superaba el 2,5 por ciento de la población. Era una lengua extranjera en su propia patria. Italia, como nación, existe solamente desde 1861. Desde esta época, el proceso de italianización lingüística fue intenso, pero, aún en la actualidad, no se da una unificación total. Cualquier que visite Italia por primera vez podrá comprobar que, si bien la lengua escrita se expresa a través de un código generalizado, la oral es sumamente variada: no existe una sola lengua italiana, sino muchas. También podrá constatar algo más desconcertante aún: ninguna de las modalidades es unánimemente aceptada, por lo que habría que concluir, contradiciendo lo dicho anteriormente, que no hay muchas lenguas italianas, sino que, en realidad, la lengua italiana no existe. La diversificación es clara: no existe un italiano uniforme, sino una serie infinita de “italianos regionales”. El italiano de un genovés no se identifica con el de un napolitano, y el de ninguno de los dos se identifica con el de un milanés. Las diferencias de pronunciación son tan relevantes que con un poco de práctica es fácil advertir, grosso modo, la procedencia geográfica del hablante. Hasta aquí nada parece sorprendente: en todos los ámbitos lingüísticos hay no sólo diferencias fonéticas sino también variaciones léxicas. La peculiaridad de la situación lingüística italiana consiste en el hecho de que ninguno de esos italianos regionales es unánimemente aceptado como tipo lingüístico básico, como modelo que se debe imitar. Muchos dirán: ¿pero no habíamos dicho al principio que el modelo lingüístico es el florentino? No; lo que dijimos es lo que fue, o en todo caso lo que debería ser, no lo que es. Las lenguas regionales están demasiado vivas y no consideran al florentino como modelo, justamente porque para ellas suena demasiado florentino. Dado que la situación lingüística casi parece haber retrocedido a la edad medio, Darío Fo juzgó pertinente revivir la figura de los juglares que hablaban una lengua compleja en la que se daban cita todas las variantes regionales, lo que les permitía recorrer de arriba abajo el territorio haciendo representaciones comprensibles para todos. El italiano de Darío Fo, y aquí reside su hallazgo, es eso: una mezcla loca, colorida, desquiciada, incontrolada, llena de gamas, matices, entonaciones, sutilezas y timbres que pueden ser comprendidos por cualquiera, que él pronuncia con una agilidad tan aceitada, tan leve, tan cómoda y tan inimitable que lo hace único en su género.